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Sin título

Mis manos zozobrando a orillas del tintero
desaguando azul
aullando.

Cientos de alas abriendo bocacalles
hurgando en los bolsillos del aire,
desovillando soles aciagos
-han olvidado el regreso-

Desde que me fui del pago
se han vuelto harapos
mis manos:
la 
ruta 
de los pájaros 
se ha cortado.

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Espigas de agua



¿Por qué hiciste que creyera que tu costa no tenía fin?
Ahora camino por estas veredas vacías 
del burbujeo aquél
que encendía tu mar
de ojitos claros
inventados a la vera del camino
para que funcionen como cable a tierra
para que abran los cielos tormentosos
para que pongan fin a los poemas de ventanas agitadas.

No se qué me hizo pensar que no se terminaba
como todo
en una puerta amurada.

Tal vez sigas por ahí 
viviendo
en alguna esquina con espigas de agua.

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No mientas

Sin embargo esto es verdad.
No soy poeta, ni narradora, ni cuentista ni escritora ni nada de eso.
Soy mujer de entrecasa –paramaldemalesburguesa- que entre cocina   lavarropas   mercado   salsas   inventa   adultera (que no adúltera)   fantasea   improvisa   miente

soy eso desde muy chica: una mentirosa

No mientas me decían, y yo mentía, mentía y mentía a sabiendas de que la nariz se me haría un tobogán y la espalda se me convertiría en un lomo de camello.
No mientas me decían y no me importaba,
yo mentía.

Las orejas me picaban y mentía. Los ojos se me volvían luceros y mentía. Falseaba los colores, confundía roles, inventaba lugares, alteraba realidades -es que la realidad era tan llana y lisa- ¿Cómo contar un naufragio rodeada de tiburones a los cinco años? ¡Hay que mentir! Pues ahí estaba mi justificación, y mentía.

No mientas me decían y yo decía que si,
que bueno,
pero no podía con mi genio,
iba y mentía: había un barco gigante, un puerto cuyo nombre siempre cambiaba y olas huracanadas que me traían de España, único lugar del mundo que yo sabía lejano con certeza, yo iba y venía en mi barco de papel y atravesaba borrascas   sirenas y piratas eran mis amigos

Se me caían los dientes por mentir, y el ratón Perez no venía.
Por eso, por decir mentiras y no me importaba, era tan lindo contar otras cosas que iba feliz por la vida con mi tobogán colgando de la cara, con mi joroba y mis orejas picosas y mis ojos de farol y mi boca desdentada.

¡Mentirosa!
 me decía yo misma cuando culposa me miraba en el espejo
 te vas a volver fea como una bruja
y los hombros se me levantaban como alas
a nosotros no nos importa –me decían-

¡Mentirosa!
-me decía el espejo- 
juro que el espejo tenía voz latosa, créanme por favor, me decía cosas!
Se ponía en mi contra, me decía -No hay tobogán, no hay joroba ¡mentirosa!

Y yo miraba bien  bien  bien, cerrando el ojo malo
(les cuento un secreto, uno de mis ojos era el que veía inventos, el otro era el bueno)
y era cierto en mi cara vivía mi nariz de tomate, en mi espalda no había desviación   ¡qué aburrido espejo!  
se merecía mi lengua larga  por molesto

mentirosa me decían
y yo mentía
mentía.

Y acá entre las letras me he vuelto niña-vieja/burguesa/de entrecasa
digo que escribo, pero miento.

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