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Un tal Iván


Esa imagen húmeda y desteñida que suele roer los huesos
te vuelve de arena
cuando se hamaca en la penumbra.
Trabajo de hormiga cada día para que me despierte una de estas mañanas el pampero agitando las ventanas y arranque de cuajo las ortigas que se duermen en mis manos. Esos yuyos púas que me van masticando en los recodos del tiempo.
Lo amargo se pasea en mis orillas. Es imposible no ver el basural que deja tras su rastro lo feo. Si pudiera intentaría contarlo con ritmo tarkovskiano así el dolor se mece lento como en realidad es. Tal vez encontrara un personaje con alma de monstruo como Iván. El niño cuya infancia quedó devastada por la guerra y ahora es un adulto en un cuerpo pequeño. 
Si ahora lo intento, puedo ver llegar al Iván que vieron mis ojos ayer. Un niño sin edad, con la voz más rasgada que sus manoseados pantalones.  Casi una araña su voz. Sus ojos dos grillos sin serenata. Un escozor en mi garganta, su fuego. El temporal nublando mis ojos que se esforzaban por no ver a Iván, sino a un chico de acá nomás. Ese montón de pibes que asolan las calles en busca de monedas para el paco. Una guerra de este tiempo. Un soldado que agoniza en nuestras calles. Era más fácil ver eso que otra cosa. Un Iván del conurbano. Bello, aun con pecas, el decir tropezando las palabras con la cadencia de los carros. Bello y sin embargo tan lastimado que lo feo estaba allí agarrado a él. Igual que a mí se prenden las ortigas, a él se le adhería la tierra de los días vanos.
Podría quedarme allí en el pantano de su boca explicando las flores, pero en ese momento sucede el milagro
Cuando pude ver la poesía que escapaba de su mano, envuelta en papel de estraza. Deshechos pétalos, pegados en rojo a sus dedos flacos. Sus dedos que tiemblan de miedo y asco. Como tirito yo algunas noches de espanto. Regando con flores las mesas dispersas iba nuestro niño, los manteles blancos con ramitos fatales. Atrás quedaron para él los santos, el Gauchito Gil, Ceferino, los charcos. El prodigio de las flores sobre las mesas hizo que se abriera en grietas de sangre el corazón de un tal Iván.

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Los zapatos malditos


(A los amigos y amigas que me han escrito por mi demora en publicar, gracias por la preocupación. Estoy bien, sólo un poco mas lerda. Ya no soy Pato, me he vuelto Tortuga ;)






Ya queda poco, faltan dos cuadras y al fin le voy a entregar lo mas valioso que tengo. Éste es el último recurso. Ojalá suceda antes algo que me quite la penosa tarea de hacerlo yo. Lo que voy a hacer es lo único que se me ocurre para que me deje en paz. Yo también quiero paz.

Ojalá la tierra se abra ante mis pasos y yo quede atrapada allí entre los escombros. Que la tierra con su boca de arena me trague y me mastique despacio así no sigo caminando. Así no hago esta locura, pero no. La tierra no se abre, sigue tan tranquila ahí como si nada, sólo una pequeña baldosa rota me salpica un barro nauseabundo en mis zapatos. Por el olor son aguas servidas. Empieza a funcionar el tema de los zapatos. Eso me tranquiliza un poco. Éste es un buen lugar para encontrarnos. Acá lo mas común es que te salte algún tipo entre las sombras y te corte el cuello con una navaja por el reloj o unas monedas. Me arremango así el reloj brilla mas en mi brazo y soy presa fácil. No viene mal ayudar un poco a los zapatos. Camino titubeando a pesar de todo, alguien va a saltar sobre mí de un momento a otro. El filo de un cuchillo va a cortar mi yugular y moriré desangrada. Camino temblando y pienso eso una y otra vez. Ley de atracción, recuerdo haber leído. A pocos pasos, él se va a impacientar porque no llego y va a venir a mi encuentro. Sabe que vengo derechito por Azcuénaga porque allí me deja el colectivo y me va a encontrar agonizando en un charco de sangre y con un hilo de voz le voy a decir que fue su culpa. No va a poder seguir con el peso de haberme hecho venir a esta hora infame, a este lugar apestoso. Tal vez me hizo venir a propósito, me las va a pagar. Los días se le van a volver una pesadilla. Cuando cierre los ojos y me vea con el cuello abierto en dos y mi mirada como de piedra diciendo  “por tu culpa, por tu culpa” porque aunque yo ya no pueda decir nada, eso se va a leer en mis ojos.


Camino y no me cruzo con nadie. Apenas una pareja de ancianos inofensivos husmean en los contenedores de basura y tan frágiles son que se sostienen el uno con el otro. Salta una rata y casi me desmayo. Esto es lo mas peligroso que me sucedió hasta ahora y eso que llevo los zapatos. No tengo que morir de un susto, si eso sucede y él me encuentra, va a pensar que me morí de nervios o de pena o de un infarto. Hasta quizás piense que yo venía ilusionada a su encuentro y de la emoción el corazón se puso bobo y explotó. Entonces me sobrepongo al susto de ver correr entre mis pies al roedor y sigo imaginando el ansiado momento en que llegue al semáforo de la esquina que es mi última chance. Todavía falta un trecho largo. Aún se me puede caer una maceta de un balcón o el mismo balcón se podría venir abajo y aplastarme. Estas casas están podridas de humedad, no sería raro que se descuelgue un pedazo de mampostería y me parta la cabeza. Otra vez pienso en la ley de atracción. Camino buscando el lugar apropiado para que en caso de romperse o caerse algo, sea sobre mí. Yo también tengo que ayudar a la ley. Y ahí voy, midiendo los pasos. La respiración agitada, el corazón al galope, las manos apretadas como los dientes, deseando que se me venga abajo esa pared que se sostiene a gatas con unos tablones. Desde la esquina se va a ver el derrumbe, y si yo no llego, él se va a acercar a mirar y se va a dar cuenta que soy yo, por los zapatos.



Me puse los zapatos que él me regaló el día que fuimos al cotolengo Don Orione. Unos de cuero de víbora que hacían juego con una cartera que también me regaló. Porque será lo que será este desgraciado, pero siempre me hizo regalos de buena calidad. Aunque reconozco que este regalo fue el principio del fin. Tarde me di cuenta. No traje la cartera porque la piel de la pitón se fue secando y le faltan algunos trozos laterales, pero los zapatos están impecables. Casi no tienen uso, porque con ellos he tenido verdaderas tragedias. Además los traje por si llegara a encontrarme irreconocible, él se va a dar cuenta que soy yo. Nadie en el mundo más que yo es capaz de ponerse esta bazofia. Son realmente feos y tienen la yeta pegada a la suela, por eso me los puse.

Con ellos puestos me caí de las escaleras de mi edificio llenándome de moretones y perdí dos dientes. Con ellos pisé una cáscara de bananas que me tuvo dos meses con la pierna enyesada mirando el techo. El día que me sacaban el yeso, estaba calzada con el zapato: de la nada salió un perro furioso y me desgarró la pierna sana a mordiscones.

Otra cosa horrible que me pasó y que le eché la culpa a los zapatos malditos, es que él, el desgraciado hijo de una gran puta que me está esperando ahora en la esquina, me dejó. Me abandonó en mi peor momento, con una pierna quebrada y la otra mordida, para irse con la mocosa de al lado, la hija de mi vecina a quien yo le pagaba para que viniera a ayudarme. Ya me imagino yo cómo me ayudaba: me llenaba de pastillas y cuando me quedaba dormida el gordo y la mosquita muerta se deberían revolcar en el sillón a sus anchas. Vaya a saber lo que harían esos dos. Siempre lo negaron, pero a mi cuando se me pone algo en la cabeza, no hay quien me lo quite. Es por eso que tengo tanta bronca, porque al menos lo hubieran aceptado, pero no. Ya perdí diez kilos de la rabia que tengo. Y por eso vine con los zapatos, porque con ellos al menos esto tiene que salirme bien.

Seguro que entre los muros en ruinas y el polvo y las maderas y los clavos y los ladrillos y las ratas, él va a ver los zapatos y el resto de sus días van a ser una tortura. Se lo merece por haberme dejado tan sola, llena de mentiras, toda flaca y retorcida de bronca. Se va a culpar de haberme hecho venir hasta acá, como si tuviera que ocultarme. Claro, no debe querer que la otra se entere, pero le va a salir mal, porque se va a enterar. Esto va a salir en los noticieros, en la radio, en los diarios. Crónica va a ser el primer medio en llegar. Todos lo van a ver.


Él quiere verme porque dice que le pasé mi mala suerte, que desde que lo maldije el día que se fue con la mocosa de al lado que él dice que es mentira, todo le empezó a ir mal: que perdió el trabajo, que le robaron el coche, que lo asaltaron dos veces, que una de las veces le rompieron la nariz y ahora respira mal. Y lo peor, se cumplió lo peor. Lo que yo le vaticiné: se encontró a la piba en la cama con mi sobrino, el hijo de su hermano, mi cuñado. Eso me lo contó mi suegra, para que yo recapacite y vea que él no está con la mocosita. Ella dice que todo esto es mi culpa, que la ley de atracción dice otra cosa, que yo hago mal las cosas y así me va.


La cosa es que ayer me llamó desesperado para que venga hasta acá donde nos conocimos. Dice que si lo perdono acá, va a encontrar la paz. Pobre tipo quiere paz, no sabe lo que le espera, pero es raro andar con estos zapatos y que no me pase nada, que no se me caiga nada. Ni siquiera me caga una paloma, eso que sobrevuelan cientos a mi paso. Lo único que me alivia la ansiedad, es la pelotita antiestrés que aplasto sin tregua con mi mano derecha dentro del tapado. La aplasto y pienso en la cara redonda, blanda y roja. La aplasto y hago de cuenta que son sus ojos, sus testículos, su nuez de Adán lo que aplasto. La verruga gigante que le cuelga del labio superior y que él disimula con ese bigotito de cana, aplasto.
Qué tipo inmundo, yo no sé cómo pude haber estado tanto tiempo con él, pero aquí voy a su encuentro para terminar con este infierno. Hoy es la última vez. Ya llego. Me odio y lo odio, pero mas me odio a mí por estar aquí, por creer que esta va a ser la última vez que camino estas calles. Mi suerte es perra y seguramente voy a pisar estas veredas mil veces mas hasta gastarlas y él siempre va a estar en esa misma esquina con su inflamada cara roja y su asquerosa verruga que por mas que la quiera esconder le salta como un gusano violeta y aterrado entre los dientes y los pelos del bigote. Antes de verlo a él, veo a la verruga. Aplasto todo lo que mas puedo la pelotita en mi bolsillo. Nos separa un semáforo verde. No cruzo. Lo miro y no cruzo, espero el rojo. Mi mano destroza la pelotita.


Rogué con fe ciega que se parta la tierra ante mí y me trague. Atravesé una de las peores calles de la ciudad, donde es un milagro salir viva y no sólo salí ilesa, sino que tengo todas mis pertenencias intactas, menos la pelotita que se desintegra en pedacitos de goma caliente bajo mis uñas. Caminé bajo todos y cada uno de los balcones de estos edificios podridos a punto de venirse abajo y ni una mísera cáscara de pintura ha caído ante mis enfebrecidos ojos.

Temo que mi representación final sea un fiasco. Los pedacitos de goma caliente se me pegan entre los dedos, tengo náuseas.

El semáforo se pone rojo, respiro hondo. Lo veo. Está parado como dijo, en la esquina que dijo y su cara es tan roja como una bola de fuego. Un fogonazo de odio me encandila los ojos, dudo un instante. Mis pies están paralizados en el borde del cordón de la vereda. Los autos pasan a una velocidad estrepitosa. Dos o tres pasos y seré arrollada por uno de esos bólidos y le voy a arruinar la vida. Para siempre me tendrá que ver reventada en el suelo, con la cabeza partida y esa expresión que ensayé todos estos días. Como de revancha, como de “tomá, te gané”. Acá me tenés y ahora hacé conmigo lo que quieras, si querés guardá los pedacitos míos en un frasco de formol así los mirás y mirás cuando me extrañás mucho. Y te das cuenta del desastre que hiciste al engañarme con la vecinita y no lo negás mas.

La cabeza me late y me arde con locura. Bajo el cordón ciega ¿Quería paz? Voy a entregarle todo lo que tengo para que nunca tenga paz. Recupero la visión, busco su cabeza púrpura como referente y no la encuentro. Sólo veo ante mí dos o tres autos colisionando y por los aires un cuerpo redondo que se eleva y cae pesado contra el asfalto, al tiempo que la gente que me rodea grita sofocada.

Camino despacio hasta el bulto embestido que yase sin moverse en el medio de la calle. No puedo creer lo que estoy viendo: es él. Su cabeza está mas roja que nunca, a borbotones le salen ríos de sangre por todos los orificios que alcanzo a ver. En medio de ese torrente espeso, la verruga está intacta y sus ojos clavados en el aire con una expresión vacía. Tal vez haya querido decirme algo en esa mirada final, pero me mira así: frío como un pescado en la góndola de un supermercado. Tan inconmovible es su mirada y está tan cerca de mis zapatos de piel de pitón que me estremece. Sin que nadie lo note me descalzo y allí quedan los zapatos malditos embarrados con las aguas de las alcantarillas. Ahora manchados también con su sangre, total nunca mas voy a usarlos.

Pego la vuelta pensando en mi mala suerte y en cómo voy a hacer ahora para olvidar. Se me viene a la mente todo este asunto de la ley de atracción y que mi suegra tiene razón: algo mal debo estar haciendo. Desde una ventana alguien canta ese tango que dice “ni el tiro del final, te va a salir”


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Fisic du rol


Siempre a la vuelta de alguna parte hay un supermercado chino, atendido por sus propios dueños.  A la vuelta de la casa de Emilio hay uno que es atendido por Lin Yi, un tipo endiabladamente enjuto. Parece chino, pero Emilio sospecha que tal vez sea ponja por sus ojos saltones como bolas de billar, o tal vez esa cabeza redonda y chata como una luna llena se deba a que en vez de chino es coreano. También cree que el Lin Yi sospecha de que él tiene enormes dudas sobre su nacionalidad y está convencido que el tipo se venga vendiéndole cosas que él no quiere comprar. Sigue yendo porque el Lin Yi ignora que él es un actor con cierta fama y jamás le hace preguntas indiscretas, pero está harto de acumular en su alacena alimentos que nunca consume,  porque jamás los quiso comprar. Sin embargo están allí, obra y gracia de Lin Yi. Tras una sencilla metodología de no entender el castellano le encaja todo lo que quiere: una mezcla acompasada de movimientos de cabeza, afirmaciones dictatoriales, sonrisas y mas sonrisas y una fonética indescifrable, pero persuasiva, funcionan a la perfección para que él lleve cuanto el chino quiera. Ahora está a punto de llevar un paquete de bizcochos  dulces de dos kilos, cuando había ido a comprar un cuarto de grisines sin sal para su dieta. Desconoce la maniobra de fascinación diabólica que ejerce sobre él este hombre pequeñito, pero ya siente que está comenzando a funcionar el hechizo por el cual él llevará algo que no desea y se quedará sin los grisines que pensaba tener para la cena. Tal vez ese embrujo que le causa el chino sea producto de algún trauma infantil y por eso frente a Lin Yi se convierte en un niño temeroso y obediente que todo lleva sin chistar. 
Se lo pregunta cada vez que se encuentra en esta situación: él parado en la caja, tratando de convencer a Lin yi que quiere llevar otra cosa, no eso que está llevando. 
Ahora está con esas galletas cargadas de grasas trans, azúcar y jalea de membrillo, intentando vanamente de explicarle al chino que quiere los grisines de esa marca, no las pepas de esa marca. También está el  chino sonriente tomando el paquete, pasándolo por la registradora y él tironeando y diciendo que no. Y el chino diciendo que “cualentapeyo” y él mostrando el paquete y diciendo que pepas no, que grisines, que palitos así y asá, que la puta madre no quiero pepas, quiero grisines. Larguitos, así de larguitos, no fideos no, que unos cositos así de esta marca, sin sal. Y ahí va el chino y vuelve rapidito con otro paquete. Que no, que sal no quiere, que palitos. Otra vez el chino corre y se pierde por las estanterías y regresa con eso en la mano. No sahumerios, no. Bueno ya que estoy los llevo –dice Emilio- pero no era eso. Son unos palitos que se comen. Ñam-ñam. Comer. Porqué mierda tiene que estar masticando y mostrándole los dientes así. Es la última vez. Nunca mas vengo, dice. ¡No, no! ¡Eso no! Esos son kanikamas. 
De pronto el cansancio le cierra los ojos. Ya se conoce, está entrando en la fase del encantamiento chino, funciona así. Los kanikamas se comen y no engordan. Los kanikamas son largos. Está bien. Cambio de planes. Ahí está por llevar los sahumerios y los palitos de pescado y rechazando las galletas dulces. Qué suerte, parece que todo está saliendo bastante bien.
-No llevo las pepas- dice Emilio convencido, cuando escucha “ya malqué” “compla” “oyentapeyo”. 
Compla las pelotas. No quiero esas galletas. Engordan. Panza. Señala su abdomen algo prominente y punto negativo para lograr el fisic du rol de la próxima película. No puede creer lo que está haciendo: le está mostrando a Lin Yi ese realce importante que asoma bajo su camisa. El viejo le mira la panza y luego los ojos y luego la panza y otra vez los ojos. La permanente sonrisa del chino fue desapareciendo y mutando a cara de estar ante una idea brillante. Sus ojos fuera de órbita y su boca abierta le cambiaron por completo su fisonomía.
¿Pero qué le está diciendo? Maldito chino porqué tiene que hablar tan mal. No, no, no quiero un Papá Noel.
“chipapánoel”
No, no. ¿Qué dice?
“glan-baliga-papánoel” “balba” “okitobuenos” “espela-acá”
Las puteadas de Emilio en perfecto argentino ya no son mentales, ni balbuceos. Ha perdido su clásica compostura de actor de cine. Los gritos se escuchan desde afuera. El chino  desaparece en los fondos y rápidamente viene con una bolsa de consorcio y su sonrisa otra vez, pero mas gigante aún.
“yevapepaglatis-legalo de Lin Yi” “ponga tlaje” “fondo-ayá”

Y ya está la china madre, mas enjuta y arrugada que el chino hijo y mas testaruda y convincente que la china nieta que sólo anota precios y la china biznieta que callada mira cómo Emilio es arrastrado hasta el fondo del fondo, sin que él tenga reacción. Y ahí aparece otra china recontravieja quitándole sus ropas y calzándole el pantalón rojo de satén que le entra perfecto, el saco rojo también de satén con vivos blancos que le queda divino, el gorro rojo con el pompón blanco, una pena, le va un poco flojo y le cubre toda la frente, pero se detiene al llegar a la frondosa barba entrada en canas que se ha dejado para que el fisic du rol de la peli, sea mas convincente. 
Ahí está Emilio frente a un espejo que deforma, ensancha y lo hace mas bajo. Casi no puede reconocer en ese Papá Noel patético, al famoso actor que sale en las revistas de espectáculos. No puede ni putear, es que ya ni determinación tiene, tal es el embrujo chino, sólo transpira y dice jojojojo al tiempo que sacude con frenesí una campana metálica, e imagina que eso que aporrea con instinto asesino es el culo de Lin Yi. Ensimismado y a puro jojojojó está, cuando escucha la voz de la chinita tataranieta que en perfecto porteño le dice, vos sos un groso y el abueloviejo Lin Yi es un capo. Cualquiera que te mira los ojitos y te ve el corazón, eso es un Papá Noel como la gente. Yo a vos te creo loco.

Sorprendido Emilio pensó que a ésto tenía que escribirlo y se distrajo un momento. Cuando reaccionó, ahí estaba ella, con su pelo lacio, brillando de tan negro, sin un gramo de grasa, esbelta y risueña. ¿Qué tendría, 15 años? Parecía de 10 o 12 y ya tenía el carácter férreo y convincente de toda su familia: tan certero y tan chino, que él no supo qué decir y no dijo nada. Era la primera vez que daba perfecto el fisic du rol y ahí se quedó disfrazado en la vereda del supermercado, repartiendo volantes con ofertas increíbles para las fiestas.

Ir a los chinos es así, Emilio fue por unos grisines y volvió con un cuento bajo el brazo.

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Bryan, un personaje de cuentos.


En este lugar, ayer al atardecer. Mas precisamente en la glorieta de las Barrancas de Belgrano, sucedía un cuento. Yo justo estaba por allí pasando. Un hombre mayor, le enseñaba pasos de tango a una mujer muy joven. Él bailaba como los que han nacido sabiendo. Me pareció que era el protagonista. A medida que me acercaba a la glorieta, las hojas del libro se iban abriendo y salió Bryan, como a saludar a los "lectores". El personaje del cuento en vivo y en directo, salió del papel por unos minutos, y se dirigió a mi persona. Vino derechito a mi, como sabiendo que yo lo estaba escribiendo en mi mente. Me habló de una ilusión por la que vive y luego como si siempre hubiera estado encerrado en un tango de cuentos, volvió a bailar con su uruguaya. Eso siempre me sucede, me refiero a que aparecen personajes ante mí, dignos de ser narrados y no dejan de impresionarme y dejarme enamorada de las historias por contar.

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Yo vi un rey mago



En el barrio de Flamel alguien ha escrito una infamia en la pared. ¿Vieron que ayer les conté que me había pintado el bajón? Bueno hay quienes son el bajón personalizado y van por la vida pintando desiluciones. Derrotando entusiastas, haciendo buuhhh atrás de cada puerta que abre un soñador.

Nada mas quiero contar cuando yo vi a un rey mago, es que recuerdo clarito cuando lo vi!!!!!!

...Yo tenía ganas de verlos de una vez por todas, ya les había juntado agua y pastito suficiente como para que merecer un beso además del regalito y los esperé. Me hice la dormida, pero de tanto en tanto abría un ojo y espiaba. No pasaba nada. Sólo mi corazón saltaba bajo las sábanas. Hasta que pasó. Vi una sombra con un paquete enorme en la noche, que atravesó el living, el comedor y fue hacia la cocina. Salté de la cama y corrí, tuve la torpeza de hacer ruido en la carrera y cuando llegué a la cocina, ¿Podés creer que lo vi escapar por la puerta de atrás??? Era uno solo. Y estaba en calzoncillos, y descalzo, tampoco era tan alto como yo imaginaba y en el apuro hizo un desparramo con el agua y los pastitos, y hasta dijo algo parecido a una puteada, pero te juro que lo vi. Los otros dos seguro que lo estaban esperando del otro lado.

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María y yo



Cada tanto me agarro una bronca y doy un golpe de puño contra la mesa, aunque me duela mi pobre mano que no tiene la culpa de estar atada a mi cuerpo rabioso. El puño tendría que golpear alguna cara idiota, pero estoy en contra de la violencia de todo tipo, por eso encierro en mi mano la amargura que genera este mundo urgente, olvidadizo, de fotoshop y escribo buscando alivio.

Cuando era una nena tuve entre mis mejores amigos una vieja que se llamaba María. Nos llevábamos muchos años de diferencia, pero a la hora de encontrarnos no se notaba. Nunca le pregunté cuántos años tenía, porque para mi tenía mas o menos 6, como yo. Nada mas que tenía muchos frunces en la cara, que le dibujaban una sonrisa eterna y el escaso pelo blanco eran unas hebras finas, formando un rodete que parecía un nido de gorriones.
María me esperaba cada tarde a la hora del té. Era una cita impostergable durante los días del otoño e invierno. Yo llevaba unas masitas dulces envueltas en papel de estraza y sobre su mesa estaban las infaltables “criollitas” y el enorme jarro de té que compartíamos, mientras ella me preguntaba por mis viajes a través del mundo.
A mi no me quedaba otra que inventar cada vez una historia nueva, porque ella era insaciable. Siempre pedía más. Algunas veces yo me preguntaba si ella se creería mis mentiras, que cada vez eran mayores, pero era tal el placer que me provocaba su atención y sus ojos claros agigantados y sus ¡¡¡ohhhhh!!! que yo me las ingeniaba para imaginar mundos infinitos y espantaba la idea de que la nariz, las orejas y la joroba iban a comenzar a crecerme a pasos agigantados cualquiera de esas tardes.

No fueron mis abuelos, ni viejitos de cuentos, ni de pelis o de libros, quienes me enseñaron el placer de tener un amigo sabio a fuerza de vivir, ellos vinieron después, pero la primera fue María.

Por eso cada vez que veo que se deja de lado a una persona porque es vieja, sin pensar que precisamente por eso deberíamos hacerle un lugar, exploto de rabia. Ese que apartamos por viejo, seguro sabe, seguro vio, seguro hizo, seguro tuvo, seguro piensa y siente y sueña. Es cierto que hay mucha gente que ha vivido una ponchada de años y nada mas sumó tedio, ignorancia o maldad. Basta con mirar a un tipo nefasto como Videla por poner un ejemplo de viejo de m. en este día de la Memoria, para ver que la vejez no te hace mejor persona ni más sabio.
Eso se trae de antes y se cultiva, por eso siento injusto y veo incomprensible desaprovechar en las personas ese bagaje que traen los años y busco no sumar mas indiferencia.

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Pequeños detalles


Ahora han abierto la ventana, pero hace días que veo todo cerrado y tengo una leve sospecha. Creo que la ventana abierta y que hayan traído al viejo a esta hora de la mañana todo vestido de negro, me la terminan de confirmar. 
Es temprano y lo han traído solo.
Ayer lo trajeron, también solo, pero con un televisor y dejaron las puertas de la casa abierta, eso nunca sucedía antes. 
Al decir solo, me refiero a que sin ella.
Cuando abrieron, pude ver un mueble y unas sillas desordenadas, como cuando uno se va de apuro dejando todo revuelto. Y gente parada, pensando en silencio, mirando el piso, la luz alta encendida.
Eso no sucedía cuando.
Con una agilidad felina ella se bajaba antes que él, abría la puerta apenas y nada de abrir ventanas y quedarse ahí parados papando moscas. Ya los habían asaltado un par de veces por ingenuos y un día me dijo a mi no me agarran mas.
En efecto desde entonces cuando salían a cortar el césped lo hacían en medio de un importante operativo de seguridad, tomando todos los recaudos posibles, vestidos de jardineros, con gorritas para el sol y una ligereza que daba gusto. Juntos, escoba en mano, bordeadora, pala y bolsita en un periquete dejaban su jardín perfecto. Enseguida la casa era una tumba y ellos adentro.
Lo mismo cuando salían a hacer mandados del brazo, con sus viejos sombreros inestables y el chango y el paso vivaz, yo me quedaba mirándolos como quien mira un poema.
Siempre, desde que me mudé a esta calle, los miré como quien contempla una obra de arte.
La semana pasada, la vi bajar (del mismo auto que ahora está estacionado en la vereda) con dificultad, aún así entró rápido, cerró la puerta enseguida y nada de abrir la ventana. No como ahora, que está abierta de par en par.
Entre los dos –calculo- deben sumar 200 años.
Si, como detenidos en el tiempo y juntos para todo.
Ella salía a juntar tres hojitas de la vereda, él salía atrás con la pala. Él escuchaba que venía el vendedor de huevos, la llamaba con un ¡cheeee! y allí salía ella con una cesta a comprar huevos de campo para cocinarle a él una tortilla de papas, él sonreía cuando la veía venir con las manos llenas y ese paso de muchacha alegre, ¡cuidate! -le decía- a ver si te caés y rompés todos los huevos-.
-¿Te preocupan los huevos o yo?- preguntaba ella con sonrisa, pero rezongando.
¿Cómo no mirarlos como se mira a un poema?
Si eran como palabras imposibles de escribir, recorriendo los renglones hasta encontrarse levemente en cualquier acto, para instalar en mí la emoción tras los cristales y empujarme a la calle a comprar huevos frescos como si eso fuera parte de un ritual de bienestar. Entonces yo compraba huevos como ella, para una tortilla que después no hacía.
Ellos sin sospechar siquiera, que tenían una fisgona que se los comía con los ojos hasta explotar de ternura, a veces me veían y me saludaban con la sonrisa fresca, recién hecha toda para mí y se encerraban tras su puerta gris.
El auto que trajo al viejo sigue estacionado, igual que la ventana abierta.
Ya van dos o tres días que no la veo.
La gente que entra y sale, la puerta gris abierta, la luz alta encendida dejando ver el desorden nunca antes visto, el viejo solo y de negro, me tienen inquieta.
No sé porqué esos pequeños detalles, me dicen que ella ha muerto.


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