sábado, noviembre 21, 2009

Música bajo el agua


Se derrumban los techos, bajo un aguacero de lata. Un nubarrón con forma de barco, se despedaza en jirones líquidos, sobre las hojitas lilas del jacarandá de mi patio.
Todo lo que me rodea se diluye en este llanto desolador del cielo.
Y yo te busco enmarañada, con la mano que escribe en medio de un fuego que sólo se deja ver por mí.
Se derrumban los techos y flota como música húmeda mi quebranto

lunes, noviembre 16, 2009

Panaderos al viento


Soy un surtidor. Un contenedor atiborrado, una bolsa de gatos. Una carta de papel que guardé en una caja de zapatos, porque sí. Una noche ciega, un pequeño milagro.
Un tic nervioso. Un relámpago. Una niña pidiendo deseos a una flor de panadero que se desparrama en el viento.
Y aunque quiera borrarme de esta hoja donde languidezco de olvido, me doblo en pedacitos, soy en blanco y negro. Siento cómo el polvo seca los días y la tapa de la caja de zapatos se queda con el último destello de luz.

domingo, noviembre 15, 2009

Urgencia

Foto de Andy


Escapó la flor,
salió de tu mirada
urgente a mí.

jueves, noviembre 12, 2009

En capas

Abrió y cerró las ventanas por tercera vez, no hacía otra cosa que mirar para la otra cuadra. El calor de afuera y el olor a fritura del restaurante de abajo lo tenían enfermo.
Desde que abrieron esa casa de comidas vive con olor a papas fritas y con ganas de mudarse.
Miró la hora.
Ocho y media.
Un dolor en la boca del estómago, se le mezcló con una arcada y a pesar del asco, pensó en comer algo, así no iba.
¿Qué le iba a decir que él ya no supiera?
La puerta de la heladera abierta ante su cara le recordó que había queso, jamón, huevos, pan. Miró la hora otra vez y se imaginó la escena. Ella estaría llegando, con su tapado tejido, y el pelo suelto, estaría ocupando la mesita de siempre, pero con el humor descompuesto.
Sacó el pan, el queso y los apoyó en la mesada.
De inmediato buscó una cebolla.
La miró, era redonda y dorada. La apretó muy fuerte entre sus manos, tanto como pudo.
Le enterró una uña, la olió, la acarició, está en su punto justo, pensó, pero no iba a ir.
No tenía ganas de oír otra vez los mismos pretextos.
Apoyó la cebolla sobre la tabla y de un golpe seco, la partió con la cuchilla grande.
Cuando la tuvo abierta y jugosa sobre la madera, los ojos se le humedecieron un poco de ardor, y no pudo mirar mas la hora porque los tenía nublados, igual miró y no pudo ver bien si ya eran las nueve o todavía faltaba un poco.
Comenzó a quitarle la piel, capa tras capa, mientras escuchaba como una retahíla lo que ella le estaría diciendo ahora, si él hubiera ido.
Lo primero que le iba a decir, tomándole la mano y mirándolo con cara de buena, es que “era ella y no él”. Así cargaba con toda la culpa y se iba convencida de que era la mala y él la dejaba tranquila. Dejó caer otra capa más.
A ella nunca le bastaba nada, seguro le diría que “él había hecho todo bien” pero que no bastaba, siempre hacía falta algo más.
Otra capa y “mejor, amigos”, mientras decía eso, iba a dejar caer esa sonrisa que lo destruía y él no iba a poder hacer nada, por eso mejor no ir, para qué, para quedarse ahí, sentado, mirándola y diciéndole que si, que bueno, que está bien.
Así enredado en pensamientos, fue desnudándola, hasta tenerla allí, blanca y crujiente para picarla toda.
Y con la cuchilla la partió en cuatro mitades, al tiempo que se hizo un tajo profundo en el pulgar. Una zanja abierta por donde él se iba a dejar verter, sin que nadie pudiera curarlo más que el tiempo. Y llorar ácido y llorar sangre y maldecir a todos los demonios que lo dejaron solo otra vez, como siempre. Sólo contra todo, como aquella vez.
Como cuando no superaba el metro de altura y la única mujer que lo había mirado directo a los ojos, y le había dado amor, se fue. Sin mirarlo, sin decirle las razones de su adiós, se fue. Corriendo, en medio de la noche, escapando de los aullidos de los perros y de los gritos de su padre se fue, pegando un portazo. Todavía en las noches mas cerradas escucha ese portazo y después los tacos perdiéndose, primero en el pasillo, después mas lejanos en la calle y finalmente el auto enceguecido y urgente desapareciéndola para siempre de su vida.

Nada lo detuvo, ni el frío de la hoja abriéndole la carne, ni la sangre derramándose sobre los pedacitos de cebolla. Después la partió en ocho y luego ya no pudo contar mas, porque compulsivamente picó desesperado todo lo que se cruzó con el filo de la cuchilla.
El ácido se le metió en la carne y el ardor lo hizo sentir mas vivo, afiebradamente vivo. Mirando ese mar jugoso y rojo que flotaba en la tabla de picar sintió un rencor más profundo que su tajo, mas abierto, más sangriento todavía.
Un odio insondable por esa boca carnosa que amaba y que le iba a decir que no.
Un fuego prendido en el medio del pecho le entró a bajar por las venas hasta salir rabioso por el dedo pulgar, para perderse mezclado en esa baba picada que iba a tener que tirar a la basura y de paso tirar así toda su sangre, la que llevaba grabada en cada partícula, la memoria de una mujer.

lunes, octubre 26, 2009

Letras nómades

-Bansky-

Respiro.

Tomo aire, me detengo y paro. Necesito una pausa. He tratado de seguir con todo, pero no estoy haciendo las cosas bien. Termino enredada, complicada y lo que es peor sintiéndome que llego tarde a todos lados.

Les cuento.

Estoy metida de pies a cabeza en un proyecto literario que se llama Letras nómades dirigido por mi profesora del Taller de escritura, Karina Androvich. Junto a ella y a tres entusiastas compañeras del taller nos hemos largado a pasear nuestras letras por diferentes lugares, empezando el mes de noviembre.
Si les interesa conocer mas información los invito a pasar por la página que hemos hecho para difundir el proyecto.

http://www.lashacedoras.blogspot.com/

No dejaré de estar por aquí, en la medida de mis posibilidades seguiré visitando los blogs amigos, pero no estoy pudiendo sostener una rutina en mi blog y me pesa, por eso la pausa y el respiro.
Ya volveré con tiempo a mi rutina habitual.

Un abrazo.
Patricia

domingo, octubre 18, 2009

Detrás del espejo

"Si perdí la razón no fue por amor, fue por soledad"
-Andrés Calamaro-


Allí estaba. Como cada vez que me acercaba. Pálido y silente.
Lejos, pero estaba. Del otro lado, mirándome.
No sé cuánto tiempo me siguió con su mirada. Al principio yo contaba los días, después perdí la cuenta.

Por entonces tuve miedo. No dije nada a mi familia, por temor a que piensen en mi casa que estaba enloqueciendo. Yo sola fui comprobando que era inofensivo.
Que nada mas estaba allí.
Que su vida era mirarme detrás del espejo.
Y que vivía nada más de a ratos. Eso lo descubrí un día jugando, cuando le perdí el miedo y sus ojos entraron a gustarme. Yo me di cuenta que si me acercaba, él aparecía y si me alejaba, se esfumaba hasta desaparecer.
Jugué con eso hasta aburrirlo.
Y también pude comprobar que sólo se dejaba ver por mí.
Nadie nunca lo vio.
Eso también lo comprobé bajo técnicas experimentales. Llamaba a mi madre en su presencia, mirándolo fijo a los ojos la llamaba de un grito. Él ni se inmutaba, sólo que cuando ella aparecía, él se desdibujaba por completo con una sonrisa en la que brillaba un dejo de malicia.
O entraba sola a mi cuarto y me detenía a esperarlo hasta que aparecía en el espejo y a la cuenta de un-dos-tres, les pedía a mis amigas que entren todas juntas que estaban esperando detrás de la puerta. Entraban todas gritando, ansiosas por la espera y él huía ruborizado y ahí la de la sonrisa maligna era yo.
Durante mucho tiempo jugamos a las escondidas, después comencé a provocarlo. Sobretodo cuando fui creciendo, porque no entendía porqué la cosa era conmigo.
Entonces pasaba bien lejos o rapidísimo para que no me viera.
Entré a vestirme en el baño o en el cuarto de mis padres, o a oscuras en el pasillo, detrás de la puerta. De a poco no sé si porque le fui perdiendo el miedo o por provocarlo. La verdad es que me empezó a gustar provocarlo, comencé a desnudarme muerta de vergüenza en su oculta presencia.
A ver qué hacía.
Me fijaba si estaba y no. No estaba, entonces empezaba mi nuevo experimento.
Me quitaba la blusa de espaldas, me desprendía despacito los botones, tosía y me daba vuelta casi de costado y lo buscaba. Todavía no se veía bien, estaba como difuminado entonces seguía con mi cabello, siempre atado en una cola y lo iba desarmando hasta dejarlo caer sobre mi cuerpo lentamente mientras él iba apareciendo. Mientras iba tomando forma.
Cuando estaba nítido nos mirábamos.
Un tiempo sin medida.
Él no decía nada.
Yo menos.
Nos gustábamos así en esa penumbra de mi habitación sin palabras.

Un día me fui, porque la vida me fue llevando lejos de sus ojos y no quise volver jamás a la casa de mis padres.
Tenía miedo.

Cuando murieron mis padres, mis hermanos vendieron todo sin consultarme, porque mi ausencia inexplicable los había ofendido.
Lo entendí. Y nunca me atreví a preguntarles por el destino de las cosas. Alguna vez intenté preguntar por el ropero de espejos que había en mi cuarto, pero no lo hice. Por dentro siempre tuve ese temor a no se qué efecto mágico de que con sólo nombrarlo se hiciera presente otra vez, así de la nada, como había sido en un principio.

Entonces jamás hice mención alguna, pero nunca dejé de buscarlo con mis ojos.

Especialmente estos últimos años, he sentido como una necesidad imperiosa de volverlo a ver y lo que mas me gusta hacer en mi tiempo libre es recorrer mueblerías antiguas. Callejones con negocios de muebles usados, arrumbados en galerías oscuras, lustrados en las veredas y perder mis horas allí. Especialmente miro los deteriorados, los podridos en sus patas, los apolillados, mucho más si tienen adornos de bronce cubiertos por la pátina negra del tiempo.
No miro cualquier mueble, mis predilectos son los de roble de Eslavonia con espejos biselados
En esos me quedo parada un rato largo.

Espero.

Quietita espero un milagro y desaparezco para volver a aparecer, ese juego de escondidas que siempre él y yo jugábamos, todavía me ilusiona.

Mis hijos y mis nietos piensan que estoy loca. Debo estarlo. Alguna vez eso me importó, hace de eso ya muchos años, cuando era jovencita y necesitaba disimular este secreto. Ahora ya no me importa nada, que piensen lo que quieran, después de todo si piensan que desvarío, mejor para mí, puedo jugar más tranquila.
Ya saben que la vieja está chiflada y que juega con algunos espejos, especialmente los que están en los roperos. No puedo con mi genio, me detengo y hago el jueguito de aparecer y desaparecer. Después me quedo un rato infinito esperando a ver si viene.
A ver si sus ojos divinos vuelven de algún modo extraño.
Todavía no lo he visto.
Igual no pierdo las esperanzas de ver aparecer un día cualquiera, de improviso, su imagen en el espejo.
Yo sé que va a volver, por eso no dejo de buscarlo.

lunes, octubre 05, 2009

El gallo de los vientos


Me gustaría que fuera una rosa de los vientos. Porque me parecen pintorescas. Tienen una forma en la que suelo perderme dándole vueltas y vueltas. A cambio de una bella rosa de los vientos, a cambio de una laberíntica rosa de los vientos, me han puesto un gallo.
Un gallo grande, flaco, panzón y negro.
Una veleta de hierro forjado con perfecta forma de gallo.
Ha brotado en mi horizonte un gallo con esas características desde hace unos días. Ha surgido como una flor silvestre entre los techos te tejas que oteo desde mi ventana mientras tomo unos mates cada mañana. Quien lo ha colocado allí ha pensado sólo en si mismo, si hubiera pensado en mi desde luego hubiera colocado una rosa de los vientos, pero no, pensó en si mismo y puso ese gallo aparatoso.
Un gallo de grandes dimensiones, de modo que cuando miro los techos vecinos que tanto me gustan, y los tapiales rebosantes de enredaderas endemoniadas porque se aproxima la primavera y miro los pájaros que abundan en los fondos de mi barrio y los árboles que los contienen, veo el gallo.
No quiero verlo, pero está allí.
Moviéndose según lo lleve el viento y está permanentemente ante cada uno de mis ojos, porque he intentado taparme un ojo para ver si se disminuye la visión y sólo veo mas nublado en el ojo que tengo problemas, pero el gallo, nublado y todo sigue allí en su puesto.
Debo reconocer que antes de que apareciera el gallo, yo era un poco mas práctica si quería saber de dónde venía el viento, miraba los árboles o alguna bolsita volar y también me chupaba el dedo y lo sacaba al exterior y…
Esa era mi única ciencia.
Sé que está el servicio de información sobre el clima encendiendo la tele, pero prefiero lo del dedo, es más simple y sólo averiguo lo que quiero. La tele siempre informa de más y después termino quedándome adentro.
Desde que está el gallo ya no me chupo el dedo, debo reconocerle algo bueno, porque era medio asquerosa mi técnica milenaria.
Cuestión que desde hace un par de semanas me acompaña los ojos el gallo, cada mañana sé de donde viene el viento, sé si hay ventiscas o si la mañana es apacible.
Desde acá lo veo, ahora mientras escribo.
Es enorme, lo imagino algo pesado. Tiene una cresta abundante, que brilla color bermellón los días luminosos, y marrón los días grises.
Hoy está quieto, o no hay viento o está cansado o se acalambró o se está dejando ver porque se sabe observado. Hoy su cresta brilla entre bermellón y naranja oxidado.
Hoy estaba tan extraña por dentro, buscando algún milagro en los techos perdidos y húmedos aún por la lluvia de anoche, que no me puse a buscar enredaderas escapando de mi visión, hoy me quedé colgada del gallo.
Hoy por primera vez me gustó.
Un gallo de hierro, mi rosa de los vientos.