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Temporario

Dando vueltas en el aire como una pluma, como una bolsa de nylon en el viento, como un pajarito yermo en medio de una tormenta
soy
caída libre
o esclava de la caída,
todavía no sé.
Salvo que largo todo, 
me desprendo de todo, suelto mis manos aferradas a la nada
seré presa del vértigo de volar sin alas
riesgos a correr
morir en el intento
estrellarme como una mosca en una pared blanca.

Hasta que mis ojos se vacíen de mirarte...

Y no saber cómo decir que antes que mis ojos, me he enjugado yo
circular y estéril
montoncito de yuyo reseco, girando lento, harta
de vagar hacia ninguna parte.


p1

Me pintó el bajón

Despertar
-Frida Khalo-

Estaba ahí, sentado en la ochava, en el escaloncito ese que está desgastado, medio roto. Lo vi a pesar de que los pies no le llegaban al piso, es cortito pensé. Y pasé igual. No debí haberlo hecho, pero pasé igual, porque yo soy de las que paso debajo de las escaleras y si se me cruzo un gato negro por la vereda no me persigno, así que cuando lo vi con el pincelito en la mano, dije -bue, ahí vamos-. Y ahí fui. Le pasé cerquita, rozándolo. Juro que no fue una provocación, pero él lo tomo como un reto, porque el tipo estaba pintando el aire y enseguida tuvo a mano mi piel y se arremolinó sobre ella y descargó su paleta de colores sobre mí, pensando que yo era una pared o un cielo o una pradera o un mar o una hojita de cuaderno, pero no, que yo era yo. El tema es que me pintó. Me bañó desde el escalón sin moverse, la mano se le estiraba sola, era como de goma y yo quieta, sorprendida me dejé hacer. No me gustaron ni los colores, ni los bosquejos, ni la cara delirante que puso cuando vio la obra terminada. Mas bien temblé cuando me vi en el reflejo del ventanal. Él parecía contento, poco le importó que yo me quedara mirándolo sin decir nada, en un vaivén lento, es que me habían acabado las palabras o entumecido entre los óleos, no sé. Y fue entonces cuando una especie de río salado empezó a brotar de un tomate maduro al sol de mi espalda, que todavía se derrama arrastrando a los demás colores.

p1

Las flores de ayer


Todo iba perdiendo sentido, incluso lo que estaba por empezar tendía al desvanecimiento.
No pude seguir.
El libro quedó por la mitad sin que pudiera volver a abrirlo.
Ella se quedó corriendo por una playa desnuda, ensordecida por una sangre bravía que le gritaba por dentro unas cuantas verdades que no le gustaba oír. Acurrucada en su pasado lo tiró al fuego y se puso a temblar de frío.
Mis manos de gelatina no pudieron sostener la página del incendio, se derritieron como plomo líquido junto a mis brazos anclados de pena. En el balcón de mis ojos ardieron las flores de ayer, derrumbándose frente a un horizonte borroneado en carbón, creí verme en ella cuando rumbeó para el mar.
Eran las siete de la tarde de un día borrascoso cuando la vi partir.

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Lluvia de abril


Amaneció Buenos Aires completamente deslucida y oscura. El ambiente es una masa melancólica, descolorida, silente.
Empezar el día con unos mates y un aguacero, está bueno.
Me gusta escribir cuando llueve, aunque también me gusta escribir con sol, con luna, con tormentas, con pintores de paredes, debajo de escaleras, en medio de un viaje, semidormida en la madrugada, mientras cocino o me pruebo ropa. En realidad siempre me gusta escribir y si llueve hay fiesta, pero cada vez me veo menos.
Como si me fuera borrando y para escribir necesito verme.
Miro para afuera ya que para adentro no se ve nada y no hace otra cosa que llover.
Llueve y llueve agua de abril.
"viento del sur, oh lluvia de abril
quiero saber dónde sebo ir" -sui géneris-
El viento del sur quedó entre las letras de Charly.
Una vez conocí a un tipo que sólo escribía los días de lluvia. En ese momento pensé que el día que se le diera por escribir la gran Rayuela de su vida, la íbamos a pasar muy mal. Pereceríamos ahogados o la novela iba a demorar décadas en tomar forma.
Lo cierto es que lo entendí, a pesar de que me imaginé, ayudada por este humor sarcástico que tengo, las diversas situaciones de escritura del hombre y me divertí mucho pensando en momentos incómodos de inspiración para un escritor, como por ejemplo que la lluvia lo agarre en medio del baño de su trabajo y desde el tragaluz que siempre da a un patio interno y gris; escriba parado en el inodoro, en su pequeña y sucia libretita, un poema que hable de las dificultades de ser el endeble equilibrista de un amor infecto.
Ahora debe estar acurrucado en algún hueco que le dio un refugio inesperado, garrapateando una de sus historias truculentas y lóbregas. Agitado, húmedo intentando no se le escape ninguna palabra pasada por agua y a punto de hervir entre sus dedos.
Qué suerte tiene, yo no hago otra cosa que mirar cómo el agua se derrumba por el vidrio del ventanal, sin que nada me lleve a mí. A ese rincón tibio donde me encontraba. Donde era más yo que en ninguna otra parte. 
Esa comezón interna de correr atolondrada a escribir, la he calmado con pastillas de colores que son como soles ficticios. Como barredoras de nubes, trapos para días en que las venas se atascan de barro.
Ha disminuido la intensidad del agua y algunos pájaros se atreven a cruzar el cielo. Aves sueltas y mustias, pesadas aves de otoño cruzando el abismo de mi paladar y saltando de jeta al teclado, para perderse sin tenerme.
Qué rabia, me gusta escribir cuando llueve, pero desorientada como ando, no es tan fácil que las palabras me encuentren al doblar la esquina.




(encima cuando me encuentran las borro, grrrr)


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