Toda esa gente molesta, murmuraba entre si lo que se acostumbra en esos casos. Hablaban acerca de la belleza de la novia, del esplendor de la juventud, de la elegancia del novio y de qué buena pareja hacían. Lo de siempre. Sus bocas nacaradas estallaban en destellos carmesí. Creyó que sangraban todas esas bocas en honor a su propia sangre, que desolada se derramaba internamente en un lento hervor y corría sin consuelo por sus venas.
En las manos un ramito de azahares se agitaba expectante. Así, agitado y atento estaba también él, mezclado entre la gente, tan desorientado como ella. A. se topó con la última persona que esperaba ver aquella noche. Allí, mezclado entre los invitados, estaba L. Distinguido, alto, pálido, parecía flotar en medio de ese mundo de gente absurda. En sus manos estalló una copa. El estruendo dejó a quienes lo rodeaban en silencio, la sangre le tiñó rápidamente la mano y alguien lo cubrió con una servilleta que quitó de la mesa. Ahora eran las bocas ajenas y esa mano herida, un atajo púrpura donde se reconoció otra vez. Era ella. La de ayer.
Otra vez la misma fiebre latiendo en su garganta y la necesidad imperiosa de gritar. 

6 Comentarios

  1. Lena Yau says:

    Qué imagen, PatoAlitas!!!!

    Me gusta, me gusta!

  2. Le estalló!!!
    Pummm!!!!!!
    LO HE VISTO, LO HE VISTO...

    :)

    Besos.

  3. Malena says:

    - ¿¡Quién fue el desubicado que invitó a L.?! - dicen que gritó el novio.

  4. Genín says:

    jajajaja Viste como ha saltado el Toro???
    Jajaja
    Salud y besitos

  5. Sheol13 says:

    Por esa misma razón no voy a las bodas, hay tanta gente y siempre te encuentras con alguna sorpresa y no siempre agradable. Un abrazo.

  6. Uf, lo has dicho genial, así me ahorraré decir nada sobre lo que pienso de esas ceremonias (o ceremomias, que también estaría bien dicho)

    Un beso

Gracias por tus palabras