Sentido por Patricia Angulo el
05 - mar
 |
-Jorge Carcavallo- |
En el patio de
Tía Clara había un aljibe viejo, el cual ella nos tenía prohibido abrir, porque
luego de la gran sequía que hubo en aquellos años, quedó completamente vacío.
A nosotros
nos gustaba asomarnos a gritar para escuchar el eco, pero ella siempre con ese temor de que nos cayéramos
adentro, nos ahuyentaba a escobazos. Poco después lo conocimos mejor, fue cuando pasó lo del saqueo. La falta de azúcar había
comenzado a notarse en los negocios y en los hogares, nosotros que teníamos una
pequeña plantación de caña de azúcar para
uso familiar comenzamos a sentir la amenaza una mañana cuando al despertarnos
vimos cómo desde la ventana de la cocinita descubrimos la mirada ofuscada del
vecino de enfrente y mas tarde me sucedió lo mismo con el vecino del fondo
cuando fui a recolectar unos tomates de la huerta, él también me miró sin decir
nada, pero respiraba enfurecido tras el alambrado. Y al salir a barrer la vereda
Tía Clara se quedó con el saludo en la boca, pues la vecina de al lado pasó sin
siquiera mirarla, pero tía alcanzó a mirar sus manos estrujadas y rojas, y no nos supo manifestar el motivo, pero
sintió temor. Cuando nos reunimos a la hora del almuerzo y comenzamos a contarnos lo que estábamos
sintiendo, nos quedamos en silencio sin poder encontrar una explicación.
Nerviosos juntamos las cosas de la mesa, sacudimos el mantel y dentro nuestro
algo parecido a un frío desconocido nos recorrió la espalda. Yo, siendo el mayor, le conté a
Tía Clara nuestro sentir y ella tembló, me dijo que ya pasaría, que rezáramos. Durante la semana la sensación recrudeció, no solamente
nos sentíamos rodeados por los vecinos, sino por gente que no conocíamos que
comenzó a rodear la casa de Tía. Ella sospechó que era por el azúcar y dio a
los vecinos una cantidad para que se repartieran entre sí. Se corrió la voz y
día tras día una multitud silenciosa, pero firme se fue agolpando en las puertas de la casa. Una noche
las paredes entraron a crujir y la puerta de calle se desplomó y entraron, en
medio de la desesperación Tía Clara nos escondió en el aljibe y luego cerró la
puerta quedándonos a oscuras. Sólo por la rendija de arriba entraba una pequeña
luz que nos dejó ver cómo entre sombras y en absoluto silencio unos y otros
atravesaron el patio derecho al cuartito del fondo y no se detuvieron hasta
terminar incluso con el reguero de azúcar que habían dejado en el camino. Desde
entonces vivimos aquí, en este fondo lúgubre y húmedo. De vez en cuando alguno
sale a buscar víveres y regresa cuanto antes al aljibe.
Joder, que miedo...
Digno de una película de terror.
Los vecinos parecen zombies...
Besos asustados.
Que horror, se me pone la carne de gallina, ojalá que nunca tengamos que vivir algo como eso y menos dentro de un aljibe ...
Besos y salud
Buen artículo maravilloso, me gusta.
Gracias a dios, estaba el aljibe, cosas así pasan, han pasado, ojalá ya no pasen mas