
El aire celeste comenzó a subirse a horcajadas sobre el mar, un vaivén de olas mecía un velero a lo lejos confundiéndose con las crestas espumosas. Desde el sosiego que me envolvía pensé, no sin pereza, en regresar a la cabaña, pero la arena estaba tan tibia, el murmullo del agua se oía como el eco marino que queda atrapado en los caracoles y si bien tenía que volver, me convencí de que era