
La mañana me trajo el dolor de los perros ladrando y desarmonizando el sol. Era la hora perfecta, apoyada sobre el teclado amarillo, la primera luz del día se dejó ver brillando en el Do. Sacudí como pude el sueño acercándome lenta a la ventana. Corrí las cortinas y allí estaba él, entorpecido como un cielo de tormenta, bajo los tilos aún frondosos. También el rayo de sol que pisaba el Do, pisaba